lunes, septiembre 03, 2007

Sobre los Concursos de Arquitectura

Reproduzco a continuación un artículo del "New York Times, que reprodujera el diario "El Universo" el pasado domingo 26 de agosto, sobre los concursos de arquitectura. Por cuestiones de tiempo, no comento mi opinión al respecto ahora, pero lo haré posteriormente. Láncense sin temor al debate, que yo los alcanzo.-





Concursos de arquitectura tienen respuesta encontrada



Agosto 26, 2007Por ROBIN POGREBIN



Charles Gwathmey se niega a participar en concursos arquitectónicos hoy en día, pues sostiene que cuestan demasiado dinero y distraen su energía de sus otros proyectos.
Renzo Piano ya no compite porque no necesita hacerlo; siempre tiene numerosos proyectos en marcha.



Peter Eisenman, en cambio, indica que tiene que competir para mantenerse ocupado y que le encanta el desafío.


Parece que, casi a diario, se anuncia un nuevo concurso de arquitectura en el que un elenco internacional de arquitectos establecidos o emergentes compite por el diseño de un llamativo museo, aeropuerto, teatro, tribunal o auditorio.


“En cierta forma, parece haber tenido un efecto de metástasis”, expresó Thom Mayne, arquitecto angelino y reciente ganador de un certamen de diseño de una torre de 68 pisos ubicada en el barrio de negocios de La Défense, en los límites ponientes de París.
“Desde hace 30 años, casi todo edificio de importancia que se te pueda ocurrir surgió a través de un concurso”, agregó. Los arquitectos pueden albergar sentimientos profundamente ambivalentes respecto a participar en certámenes semejantes.


El simple hecho de ser finalista puede traer prestigio y clientela a un despacho y dar rienda suelta a la creatividad. Perder también puede significar cuantiosas pérdidas financieras y una profunda decepción tras meses de esfuerzo.


“Realmente te involucras muy intensamente en ellos”, expresó Michael Maltzan, que recientemente se encargó del rediseño del Museo Hammer de la Universidad de California, en Los Ángeles.


Para el cliente, los beneficios de los concursos son evidentes. Los constructores saben que los concursos de diseño muy vistosos pueden generar publicidad y prestigio para un proyecto residencial o comercial, y las instituciones artísticas se han percatado de que pueden traducirse en mayor entusiasmo de sus donantes.


Si bien los concursos tienen mucho de ser elementos fundamentales de la planeación en Europa Occidental —en algunos países, constituyen un requisito legal para la construcción de edificios públicos— tienen una historia desigual en Estados Unidos.
En los primeros años de la historia estadounidense, fueron considerados como un elemento del proceso democrático: el diseño de la Casa Blanca y del Capitolio, en Washington, fueron abiertos a concurso. “Un concurso era algo así como un referéndum público”, expresó Barry Bergdoll, historiador arquitectónico y curador titular de arquitectura y diseño del Museo del Arte Moderno de Nueva York. Ese espíritu reinó en los concursos para el Arco Gateway de St. Louis, en 1947, y el monumento a los Veteranos de Vietnam, en Washington, en 1981.


“Es mortal”, expresó Gwathmey, quien ganó en una ocasión un concurso para una escuela, en Shanghai, antes de darse cuenta de que el cliente no tenía dinero para edificarla y sólo buscaba ideas.


No obstante, los historiadores arquitectónicos subrayan que los diseños sin edificar pueden alcanzar un estatus heroico, que eclipsa al edificio construido. El diseño modernista propuesto por Walter Gropius para el proyecto de la Torre del periódico Chicago Tribune, en 1922, por ejemplo, resultó mucho más influyente que lo que terminó edificándose, un proyecto neogótico de Raymond Hood.


Se volvió “célebre gracias a su martirio”, dijo Bergdoll del diseño de Gropius.


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