domingo, diciembre 10, 2006

La tumba de las pasiones futiles



El ícono de las dictaduras falleció, finalmente; para gozo de unos y tristeza de otros. Al tocar el tema de su muerte, quiero ser bien claro en que no pienso caer en el juego barato de diestras vs. siniestras. Ya muchas estupideces se han dicho por el fanatismo con el que se tratan las divergencias políticas y económicas, cual si de un partido de fútbol se tratase. Sugiero humildemente a mis escazos lectores hacer lo mismo.



Verdades innegables: Si quisieramos una muestra fiel de la caricatura "nacional-socialista" que generó sudamérica en la segunda mitad del siglo pasado, Pinochet el ejemplo perfecto.


Pinochet fue un tirano. Un asesino de opositores; y me opongo a esta estregia que busca la prevalencia de un poder establecido, sin importar su ideología. Matar o pedir la muerte y la violencia en nombre de un sistema económico, de una estructura política o de un emblema religioso nos quita la esencia principal: el humanismo. Por eso, no justifico las matanzas que se hayan realizado en Chile, en Argentina o en Cuba. Y me niego a que los fundamentalistas de la colectivivismo o del libre mercado quieran regresarnos a las violentas inquisiciones, o a esas épocas y lugares de la historia donde habían humanos y humanoides; seres que valían más que otros.


La capcidad del diálogo racional es fundamental para que el siglo veintiuno no se convierta en otro siglo trece. No creo que las personas que manejen así sus pasiones puedan hablar de manera despectiva -por ejemplo- del fundamentalismo islámico; si ellos hacen lo mismo por una ideología o por una estructura económica.


No pienso ni celebrar la muerte de Pinochet, pero créanme que no lo extrañaré. Nací a menos de un año del golpe de estado con el que alcanzó el poder, en un país gobernado más por una tropical "dictablanda" que por una severa "dictadura", que era lo que ocurría en gran parte del continente. No sólo no viví los terrores que se vivieron en Chile, sino que no tuve ni parientes ni amigos que los hayan padecido tampoco. El único instante que que viví en carne propia un rechazo hacia este personaje fue cuando regresó del Reino Unido a Chile. Aquel personaje, que durante meses se había pasado ante las cámaras, luciendo como un viejito de banca de parque -incapaz inclusive de alimentar a las palomitas- se yergue súbitamente de su silla de ruedas, para saludar al Jefe del las Fuerzas Armadas Chilenas. Ahí, justo ahí, pude presenciar que este señor era capaz de muchas cosas.



No puedo creer que estemos volviendo a esos oscurantismos, en los que los "ideales" nos pidan sangre ajena. Si vamos a esforzarnos por algo, que sea por ser más humanos, más racionales; con mayor tolerancia y con mayor capacidad para llegar a acuerdos. No apoyaré a nadie que pida que me convierta en un animal con un fusil. Las así llamadas "justicias" o "libertades" no valen tanto.

Veo ahora el televisor, y encuentro una Santiago de Chile sumergida en una confrontación, sin duda a consecuencia de este conflicto futil de ideologías. Colombia vive esta confrontación desde hace ya 50 años, alimentada ahora por las utilidades del nacotráfico. En mi país no quiero llamados a la violencia armada. Los que la piden, se condenan así mismos a una cadena perpetua en los calabozos de su propia vergüenza.

Que Sudamérica imite a Europa, ¡bien! Eso es algo que apoyo. Pero a la Europa actual, unionista, respetuosa de sus divergencias. No veo por qué imitar a la europa de los años cuarenta, o a la Europa mutilada por muros e ideales. No olvidemos que somos seres humanos, antes que seres políticos y la violencia dista de la política racional.

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